En la noche que me envuelve
negra como un pozo abominable
yo agradezco al dios que fuere
por mi espíritu inconquistable.
Atrapado en este circunstancial lugar
yo he gemido pero no he llorado
ante las puñaladas que me deparó el azar
mi cabeza sangra, pero no me he postrado.
Mas allá de este lugar de furia y de lágrimas
me acosan las sombras con terror.
Pero tantos años de amenazas
me encuentran sin temor
Ya no importa cual fue mi camino
ni cuantas culpas he acumulado.
Soy el dueño de mi destino
Soy el capitán de mi alma.
Invictus (William Ernest Henley)
Querida Madame,
No se me podrá quejar usted de que no la escribo cartas hermosamente escritas y llenas de poesía. Ésta, sin ir más lejos, la comienzo con el hermoso poema que da título a la última gran película del maestro Clint Eastwood.
Querida mía, es bien cierto que esta no es la mejor película del viejo gran maestro, pero tiene una fuerza, una capacidad narrativa y una facilidad para emocionar que ya quisieran para ellas el 90% de las películas que llegan a nuestros cines. Y eso, sin contar con las interpretaciones (maravilloso Morgan Freeman y cumplidor, como siempre, Matt Damon) y con la historia real en la que se basa, que ya de por sí es fantástica y merecía ser contada.
Si me permite, me pondré en plan talibán: Invictus tiene defectos (defectillos), sí, pero eso no justifican el desplante que se le hace, por segundo año consecutivo a este maestro, la academia de su país. Ya clamaba al cielo que El intercambio y, sobre todo, Gran Torino pasaran desapercibidos en la edición del año pasado, pero es indignante que en una edición con diez nominadas a mejor película, Invictus no esté entre ellas. Supongo que será por las estupideces y leyes no escritas de no dar los premios siempre a los mismos, pero ya, ya echaremos de menos al genio cuando no esté.
Me despido, madame, recomendando este estupendo drama deportivo, político y humano que, aunque no le guste el rugby, vibrará con sus partidos.
Siempre suyo,
Detective en paro.
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